Impresiones de un colibrí

Es un trabajo duro alimentarse adecuádamente cuando uno necesita ingerir cada día el peso de su propio cuerpo por un pico tan diminuto así que me lo paso de flor en flor sorbiendo dulces gotitas de nectar que me endulzan este cotidiano ajetreo.

A esto hay que añadir que mi tamaño y belleza atraen los insensatos ataques de predadores bien para alimentarse, bien por simple diversión o bien para adornar los estúpidos plumajes con los que sus hembras se tocan la cabeza. No entienden que con cada uno de mis miles de aleteos por minuto el Universo vuelve a crearse.

Estoy bastante acostumbrado a lidiar con las acometidas de las crías de estos extraños seres que corren a dos patas y saltan emitiendo grititos intentando atraparme con sus patas delanteras. Por suerte son tan ruidosos que se les siente llegar con tiempo para desaparecer. Si en alguna ocasión me veo cerca de ser capturado será porque, por deporte, les dejo intentar alcanzarme desde una altura prudente pues otro de los defectos a los que la naturaleza les ha condenado es su incapacidad de volar.

Pero hoy tuve un encuentro distinto con uno de ellos. Se trataba de una hembra adulta que, contra lo acostumbrado, se movía tan silenciosamente que me sorprendió suspendido a pocos metros de su alcance y a la altura de sus ojos.

Hacía poco acababa de regresar de una de mis migraciones a este viejo conocido parque que tras las últimas lluvias se teñía de verde por todas partes menos por el rojo de las flores de los flamboyanes. Al atardecer me había acercado a libar las mejores a una de las zonas más peligrosas del parque en la que se reúnen manadas de estos seres a dejar que sus crias celebren sus curiosas ceremonias iniciáticas. A menudo me gusta observarlas desde la espesura de las caobas pero en aquel momento ya se habían retirado a sus nidos y la calma del parque me permitía volar a mis anchas de flor en flor.

De pronto una bandada de bulliciosos pericos me sobresaltó y decidí adentrarme en el claro para ver de qué se trataba cuando me dí casi de bruces con ella. Mi primera reacción fué echar cuerpo a tierra para desaparecer entre la maleza pero  su actitud me detuvo.

Lo habitual cuando soy descubierto por uno de estos seres es sentir en su mirada la aviesa intención de atraparlo a uno de alterar de un modo u otro el discurso de la existencia de uno. Esta vez no fué así. Su mirada me incluía en su propia existencia.

Así que me quedé suspendido ante sus ojos. El sol a mi espalda me daba ventaja si era necesario huír y por prudencia subí y bajé lentamente comprobando que su mirada seguía mis movimientos. Fué al ver mi propia sombra sobre su cara cuando noté en su expresión que hubiera encontrado en mí a alguien conocido.

Entonces comenzó a moverse con una lentitud casi eterna. Fingí irme para ver si me seguía pero sólo su mirada lo hizo y en ella noté cómo no quería intervenir, símplemente estaba ahí escuchándo lo que yo tuviera que decirle. Así que volví y comenzamos nuestra conversación.

Si siempre había sido verdad la creación del Universo con cada batida de mis alas, en esta ocasión experimenté cómo era ella quien creaba en su Universo cada uno de mis destellos de color, cada latido de mi corazón, incluso mi modo de abarcar el espacio volando en círculos en torno suyo.

Sentí gran admiración por lo que estaba haciendo pero sentí también que lo hacía con su admiración hacia mis movimientos, con su emoción por el suceso tan fortuito, inesperado y extraordinario para ella como para mí.

No entiendo bien lo que sucede, no sé lo que está haciendo ni por qué, pero no quiero que se termine. Tengo el iresistible deseo de acercarme y besarla. Consciente del peligro que una acción así supondría en condiciones normales me lanzo y le zumbo al oído: “Gracias. Gracias por existir y por existirme en tu existencia”

Doy una vuelta final para asegurarme de que me ha escuchado. Lo sé. Lo ha hecho. Y desaparezco en la espesura.

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4 Respuestas a “Impresiones de un colibrí

  1. No sé qué decir. Ayer en la mañana, cuando lo leí, me puse a llorar como una tonta. Parece que no era el mejor momento para leerlo…. Está precioso, más que precioso, pero para mí esa es la palabra para llamar a la mayor belleza posible, no tengo otra ni sé si la hay. El factor sorpresa fue también muy importante, jamás se me ocurrió que escribirías algo como eso. Sé que fue para ti en la misma medida en que pudiera haber sido para mí. Pero por el pedazo que me toca, te doy las gracias más agradecidas y emocionadas. Y un abrazo.

    • Si no hay una palabra te la puedes inventar. Por ejemplo rechupetecuántico.
      Me alegro de haber puesto un rayito de luz en un día tan nublado. En estos casos Cris me suele recordar un párrafo de El Retorno del Rey en el que Sam, en un momento de desesperación en medio de Mordor, recobra fuerzas al ver en lo alto de las tinieblas la luz de la Estrella del Oeste (¿Earendil?)
      Un abrazo rechupetecuántico para tí.
      Iñaki

  2. Jajajaja! Jajajajaja! Qué increíble! Oye esto… mejor dicho, léelo. Anoche, como a las 7:30 PM ya está prácticamente oscuro… es la hora gris, ya sabes, además. Yo estoy derrumbada en el sillón que me da dolor de espalda, todo está en penumbras porque estoy en medio de un apagón; se acaba uno de los peores días de mi vida y lo peor es que debo subir de tono obligatoriamente, ya que tengo una invitación a cenar; pero lo peor peor peor es que no quiero subir de tono, ya que estoy casi casi en 0.05 o quizá en -30.0 o quién sabe dónde demonios, en el fondo de la escala. Pero aún más peor peor peor es que sé que si no lo hago tendré que FINGIR que estoy bien, porque no puedo ir en ese estado calamitoso. Miro hacia arriba por la ventana y la veo. No sé si era Júpiter o Venus, pero se abre paso entre las nubes y me guiña un ojo. En serio!!! Me guiñó un ojo. No me queda más remedio que sonreír, débilmente, pero sonreír. Y entonces mi fiel archivero me pasa, así como que no quiere la cosa, un anterior similar en el que yo tengo como 18 años y estaba en la más atroz de las depresiones, pero Atroz, así con mayúsculas, que mi amiga sicóloga llegó a recetarme pastillas, imagínate. Sí, era mi amiga. De verdad. No me la tomé, por supuesto. Bueno, el caso es que en algún momento, mirando para arriba ví un cuadro muy parecido, casi de noche, todo nublado, pero las estrellas comienzan a abrirse paso… Esa noche decidí que lo que eso simbolizaba era que SIEMPRE, por más oscura que estuviera la noche, si mirábamos en la dirección correcta, podríamos ver un rayito de luz. Y que debía recordar eso en el futuro como política de supervivencia. Así que mandé esa idea al futuro. Y el futuro fue ayer. Y me cayó en el regazo, como del cielo. Desde ese momento, las cosas dejaron de salir mal y comenzaron a arreglarse y terminé el día, bueno, la noche, con una sonrisa de oreja a oreja, luego de haber oído a Pink Floyd, Queen y Led Zep en vivo. Entonces quizá no era ni Júpiter ni Venus, sino Earendil….

    😀

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